Vida y libertad
La vida, en su esencia más pura, es una obra de teatro escrita por un autor anónimo, donde cada uno de nosotros es a la vez actor y espectador. No hay guión predeterminado, ni líneas que deban ser recitadas milimétrica. Las imposiciones sociales son meras sugerencias, como acotaciones al margen de un texto que podemos elegir ignorar. La verdadera maravilla reside en la capacidad de improvisar, de dar vida a un personaje que, aunque moldeado por las circunstancias, conserva la libertad de reinventarse en cada escena. ¿Por qué conformarse con ser un mero intérprete cuando se puede ser el autor de nuestra propia existencia.
Vivir no es simplemente seguir las indicaciones del director, sino cuestionar cada acto, cada diálogo, cada pausa. La belleza de la vida no está en su perfección, sino en sus imperfecciones, en esos momentos inesperados que nos obligan a salir del guión y a enfrentarnos a lo desconocido. Cada detalle, por insignificante que parezca, es una oportunidad para descubrir algo nuevo, para aprender y crecer. El canto de las hojas al viento, el brillo fugaz de una sonrisa, el silencio que precede a una carcajada; todo ello es parte de un todo mayor, de una obra que nunca se repite y que siempre está en constante evolución.
Dejar atrás las imposiciones sociales no es un acto de rebeldía, sino de lucidez. Es reconocer que las normas y convenciones son, en el mejor de los casos, herramientas útiles, pero nunca leyes inquebrantables. La verdadera libertad no consiste en romper las cadenas, sino en darse cuenta de que nunca estuvieron allí. En este sentido, la vida es como un escenario vacío, esperando a ser llenado con nuestras propias creaciones, con nuestras propias elecciones. No hay nada más irreal, y al mismo tiempo más real, que este acto de creación continua.
Así, en este teatro de la existencia, descubrimos que la mayor maravilla no es el aplauso final, sino el proceso mismo de actuar, de vivir. No se trata de alcanzar un destino, sino de disfrutar del viaje, de saborear cada instante como si fuera único e irrepetible. La vida, en su forma más auténtica, es una invitación a ser nosotros mismos, a dejar de lado las máscaras y a abrazar nuestra verdadera esencia. Y en este acto de autenticidad, encontramos no solo la felicidad, sino también la libertad de ser quienes realmente somos.

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