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Bajo el cielo gris, desgarrado en sombras,
el mundo contuvo su aliento, callado y frío.
Los árboles, negros, escondieron secretos antiguos,
sus ramas alcanzan el infinito, sedientas de algo.
Un rayo de luna cortó la noche, fugaz,
iluminando un sendero que no había visto jamás.

El aire olía a tierra húmeda, a tiempo perdido,
y el crujir de las hojas era un eco de olvido.
Sombras y siluetas danzaban en la penumbra,
sombras que respiraban, que vivían de la costumbre.
Cada paso resonaba en el espejo del suelo,
reflejando no mi imagen, sino mi desconsuelo.

Algo cambió en la oscuridad, algo sin nombre,
una presencia que habitaba el aire, sin destino.
Una sensación recorrió mi cuerpo, fría y cercana,
y las piezas del rompecabezas encajaron en mi mano.
Un vacio en el pecho, algo arrancado sin dolor,
una verdad revelada, un antiguo mensajero.

Y asi, mi rumbo cambió, sin aviso ni razón,
las estrellas, ocultas, brillaban con tenue resplandor.
El horizonte se esfumó en un mar de posibilidades,
y al mirar atrás, las sombras ya no eran las mismas.
El futuro, incierto, me llamaba con voz serena,
y supe, por primera vez, que estaba ante mi condena.

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