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El sol caía sobre el horizonte, pintando el cielo de tonos rojos y dorados, como si el mundo entero estuviera ardiendo en silencio. El mar, inmutable, seguía su ritmo, indiferente a las preocupaciones de los hombres. Allí, en la orilla, un hombre se preguntaba si todo aquel esfuerzo por controlar cada detalle de su vida había valido la pena. Las olas rompían una y otra vez, como recordándole que la vida no se detiene, que no espera, que simplemente fluye. ¿Y si todo ese control no era más que una ilusión, una forma de esconderse del miedo a lo desconocido?

El viento soplaba con fuerza, llevándose consigo las hojas secas y los pensamientos que pesaban en su mente. Recordó las veces que había dicho «no» por miedo a lo que pudiera pasar, las oportunidades que había dejado pasar por querer tener todo bajo control. Pero el control, ¿acaso no era una mentira? La vida era como ese viento, impredecible, salvaje, libre. Y él, allí de pie, sintió que algo dentro de él se quebraba, como si una parte de su alma estuviera cansada de luchar contra lo inevitable. ¿Qué pasaría si simplemente soltaba? ¿Si dejaba que el viento lo llevara?

Cerró los ojos y respiró profundamente, sintiendo el aire salado llenar sus pulmones. Por primera vez en mucho tiempo, se permitió no saber, no planear, no calcular. Y en ese momento, algo cambió. No fue algo dramático, no hubo truenos ni relámpagos, solo una quietud, una paz que surgía desde lo más profundo de su ser. Era como si el universo le contara al oído que todo estaba bien, que siempre había estado bien, incluso en los momentos en que él creía que todo se desmoronaba.

Abrió los ojos y miró el mar una vez más. Las olas seguían llegando, una tras otra, eternas, implacables. Pero ahora las veía de otra manera. No como una fuerza que debía dominar, sino como un recordatorio de que la vida no se trata de controlar, sino de vivir. De sentir. De soltar. Y en ese instante, supo que no necesitaba tener todas las respuestas. Solo necesitaba estar allí, presente, permitiéndose ser arrastrado por la corriente, confiando en que, al final, todo encajaría. Y por primera vez en mucho tiempo, sonrió.

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