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El sol se alzaba sobre la llanura, dorando los bordes de las piedras y las hojas secas que crujían bajo los pies. Cada paso resonaba como un eco de algo que aún no había sucedido, algo que esperaba más allá de la curva del sendero. No había mapas para esto, solo el viento que murmuraba entre los árboles, llevando consigo historias de aquellos que habían caminado antes. Algunos habían regresado, otros no, pero todos llevaban en sus ojos el brillo de haber visto algo que los había cambiado para siempre.

El camino se dividía en dos, como siempre lo hace. Uno parecía claro, marcado por huellas frescas y el rumor de voces lejanas. El otro, más estrecho, se perdía entre sombras y maleza, como si el mundo lo hubiera olvidado. El corazón latía fuerte, como si supiera que aquella decisión no era solo un paso, sino un salto hacia algo que no podía controlar. Por un momento, dudó. El camino claro parecía seguro, pero algo en su interior lo llamaba hacia la maleza, hacia lo desconocido. Respiró hondo y siguió adelante, sin mirar atrás.

Las horas pasaban lentas, como si el tiempo mismo respirara con el caminante. El aire frío rozaba la piel como un susurro, mientras el aroma de la tierra mojada se mezclaba con el dulce perfume de las flores silvestres. A veces, el camino se hacía difícil, las piedras cortaban y el sol quemaba, pero incluso en esos momentos había una extraña satisfacción. Era como si el esfuerzo purificara, como si cada gota de sudor fuera un tributo a algo más grande, algo que no se podía nombrar pero que se sentía en lo más profundo del pecho.

Al final, no importaba cuál sendero se eligiera. Lo que importaba era caminar, sentir la tierra bajo los pies y el cielo sobre la cabeza. Lo importante era saber que, al doblar la siguiente curva, podría haber algo que lo cambiaría todo, algo que lo haría sentir vivo. Y si no lo había, siempre quedaba el camino de regreso, o quizás otro nuevo, esperando ser descubierto. La vida no era una línea recta, sino un laberinto de senderos que se cruzaban y separaban, cada uno con su propia luz, su propia sombra, su propia verdad. Y así siguió caminando, sin saber si el camino lo llevaría a algún lugar, pero seguro de que cada paso era, en sí mismo, el destino.

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