Por un instante
Escribo para ser libre y al mismo tiempo esta es mi prisión. Escribo lo que vivo, lo que sueño, lo que siento, lo que imagino, lo que amo, lo que temo, lo que he sufrido, lo que otros han vivido, lo que nunca tendré, lo que nunca seré, lo que temo hacer, lo que veo que otros hacen, los sueños de otros, las dudas que tengo, lo que será una sorpresa mañana, y lo que haré cuando todo termine, lo que nunca será, lo que siempre habrá.
Mi escritura es un reflejo profundo y diverso de mi existencia, una ventana a mi alma y a la complejidad de la vida misma. A través de las palabras, encuentro libertad para expresar todo aquello que me pertenece, me inquieta, me inspira o me atormenta. Sin embargo, también reconozco que esa misma escritura puede convertirse en una prisión, tal vez porque me obliga a enfrentar verdades incómodas, a revivir emociones intensas o a confrontar los límites de mi propia realidad.
Escribo para capturar lo efímero y lo eterno, lo personal y lo universal, lo tangible y lo imaginario. Es un acto de valentía y vulnerabilidad, un intento por dar sentido al caos y encontrar belleza en la imperfección. Aunque a veces pueda sentirse como una carga, mi escritura es también un testimonio de mi humanidad, un legado de todo lo que he sido, soy y podría llegar a ser.
No dejo de escribir, porque en ese acto soy yo, con toda mi complejidad y mi verdad. Cada palabra es un fragmento de mi ser, un reflejo de aquello que soy, que fui y que quizás nunca llegue a ser. Escribo para existir, para perdurar en el tiempo, para dejar una huella de mi paso por este mundo que, como un río, fluye hacia un mar de olvido. En la escritura, encuentro no solo un refugio, sino también un espejo que me devuelve mi propia imagen, distorsionada por los sueños, los miedos y las dudas que me habitan.
Y, aunque a veces me sienta atrapado en mis propias palabras, ellas también son la llave que puede liberarme. Porque en el acto de escribir, transciendo los límites de la carne y del tiempo, y me convierto en algo más grande que yo mismo: en un eco que resuena en la mente de quienes lean mis palabras, en un fragmento de eternidad. La escritura es, al mismo tiempo, mi prisión y mi salvación, mi condena y mi redención. Y así, sigo escribiendo, porque en ese acto, aunque sea por un instante, soy libre.

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