La mujer que no usaba espejos
En un rincón olvidado de la ciudad, donde las sombras se entrelazan con el crepúsculo, vivía una mujer de belleza inquietante. Jamás se le vio reflejada en espejo alguno, pues decían que su imagen era tan efímera como el susurro del viento entre las hojas muertas. Los vecinos murmuraban sobre un pacto oscuro, un trueque de su reflejo por una eternidad sin envejecer.
Cada noche, a la hora en que el reloj olvida contar los segundos, se escuchaba el eco de sus pasos en el empedrado. Era un sonido hipnótico que arrastraba secretos y presagios, un taconeo que componía una melodía con el latido temeroso de la ciudad dormida. Nadie osaba seguirla, pues su sendero se perdía en la neblina, en un lugar donde la realidad se confunde con las pesadillas.
En su morada, las cortinas danzaban al compás de una brisa que nadie sentía, y las velas se consumían sin que nadie las encendiera. Se decía que los espejos, al sentir su presencia, se empañaban con un aliento gélido, ocultando su reflejo prohibido. Los retratos en las paredes, con ojos que parecían seguirte, eran el único testimonio de su existencia.
Una noche, un forastero, desafiando los susurros de cautela, decidió buscarla. La encontró bajo la luz de una luna menguante, su rostro era un enigma que desafiaba el tiempo. Al preguntarle por su secreto, ella simplemente sonrió, y en ese instante, el forastero se convirtió en nada más que un suspiro en la oscuridad, otro reflejo perdido en la eternidad de la mujer que no usaba espejos.

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