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La felicidad en esencia es como la corriente de un río que nunca cesa de fluir. Muchos de nosotros nos ahogamos en este por perseguir sin descanso el sueño de la perfección creyendo que, si lo logramos, hallaremos la verdadera dicha. Pero en esta tarea nos ponemos encima una carga de un peso insostenible que nos hunde y nos ciega, nos impide apreciar los auténticos y simples instantes que dan sentido a nuestras existencias. En lugar de hundirte sin remedio puedes aceptar la imperfección del vivir, encontrar la belleza en lo efímero y valorar la felicidad que reside en cada pequeño instante de ser y estar aquí.

La perfección seduce a muchos, lleva una promesa de grandeza, pero se aleja con cada detalle que no cumple nuestras expectativas. La belleza auténtica surge de nuestras diferencias, de las cicatrices que llevamos como testigos de las batallas ganadas y perdidas, de las huellas de una vida vivida con intensidad y autenticidad.

La felicidad no está en un camino sin obstáculos o adversidades, esta se manifiesta con mucho brillo en nuestra habilidad para descubrir alegría en medio de las imperfecciones y desafíos de la vida. Son esos momentos compartidos con nuestros seres queridos, las risas espontáneas que han surgido y pequeños logros que llenan el día de felicidad.

Al aceptar nuestra imperfecta humanidad, nos quitamos esa pesada carga de encima y, a partir de ese momento, el recorrido es más ligero. De esta forma vamos construyendo historias tejidas con hilos de diversos colores, vamos a apreciar con más atención las diferentes caídas y las decepciones que encontramos que nos hacen solo levantar una y otra vez, con experiencias llenas de más riquezas. Asi nos acercamos más a nuestras limitaciones para descubrir quiénes somos y librarnos de una imagen irrealizable.

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