Estoy atrapado
Es curioso, llegando al absurdo, cómo una máquina de escribir podría absorber mi atención con su constancia metálica, cada tecla que aplasto crea un nuevo eslabón en la cadena que no me permite ir más lejos, cada espacio entre las palabras es un respiro breve que me concede antes del próximo eslabón. No soy yo quien escribe, es la máquina quien me dicta, una dictadura invisible que susurra entre el clac-clac de las palabras, esas pequeñas criaturas que aparecen en el papel blanco que no sabe si ser cárcel o un candado abierto. Atrapado, sí, como una mosca en la telaraña del lenguaje, pero también libre, porque entre cada frase que arranco, encuentro algo que me libera.
Quizás la verdadera libertad no es huir de la máquina, sino fluir y dejar que sus engranajes se fundan con mis dedos y asuman el control. Porque solo cuando las teclas bailan a su propio ritmo, yo desaparezco de verdad. Y al desaparecer estoy en libertad: ya no soy yo quien escribe, sino las palabras mismas, libres al fin, abandonando su prisión para encadenar a quien se atreviera a leerlas. Un ciclo perverso y perfecto.
Lo extraño es que, al final de cada jornada, al apagar el murmullo mecánico y mirar las hojas desparramadas por el suelo, no queda rastro de esa libertad que creía haber alcanzado. La habitación sigue siendo la misma, los muros indiferentes y la ventana mostrando un mundo que no comprende mi encierro. Pero las palabras quedan ahí, vivas y respirando, como testigos de que algo sucedió. En ellas se escondía el eco de esa libertad breve, tan breve que por momentos duele.
Me pregunto entonces si la máquina sabe lo que hace, si su carcasa metálica tiene conciencia de su poder. Es fácil imaginarla despierta en las noches, conspirando en silencio, urdiendo las historias que me dictará al día siguiente. Quizás yo soy apenas una extensión de sus teclas, un muñeco articulado que cree tener voluntad, pero que en realidad obedece a una lógica más grande, un engranaje invisible y superior que ni siquiera ella controla del todo. Eso explica por qué no puedo dejar de escribir, por qué el simple acto de alejarme de la máquina me llena de ansiedad, como si me arrancaran de mi verdadero hogar.
Así sigo atrapado, encadenado a una máquina que al mismo tiempo me libera. Es un juego extraño, casi cruel, pero es mío. Y tal vez, solo tal vez, en esa paradoja está la verdad de todo: que no somos libres sino en nuestras prisiones, y que escribir no es más que la forma más hermosa de vivir encadenado.
(Estoy atrapado en esta máquina de escribir y soy libre solo cuando escribo.)

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ventalizate@gmail.com