Estado del corazón
La vida es como un amanecer, lento y constante, lleno de colores que se mezclan en el horizonte. Cada día trae consigo nuevas oportunidades, pequeños destellos de luz que nos recuerdan que, incluso en los momentos más oscuros, el sol siempre encuentra su camino. A veces, todo parece detenerse, como si el tiempo se resistiera a avanzar, pero en esos instantes es cuando más crecemos, cuando aprendemos a valorar lo que tenemos y a soñar con lo que está por venir. La paciencia, aunque difícil, es una aliada que nos enseña a disfrutar del viaje, no solo del destino.
Hoy puede ser un día para respirar profundo, para agradecer las pequeñas cosas que a menudo pasan desapercibidas: el aroma del café por la mañana, el sonido de las hojas meciéndose con el viento, la sonrisa de alguien que nos importa. Estos detalles, simples pero significativos, son los que tejen la tela de nuestra felicidad. No hay prisa, porque cada momento es único y merece ser vivido con plenitud. La vida no es una carrera, sino un paseo donde cada paso cuenta.
Imagina un mañana lleno de posibilidades, donde los sueños que hoy parecen lejanos se convierten en realidad. Ese mañana está más cerca de lo que crees, porque cada día es una semilla que plantamos para cosechar. Confía en que, aunque el camino sea largo, estás avanzando. Cada esfuerzo, cada lágrima, cada risa, son parte de un hermoso mosaico que estás creando con tu vida. No temas pedir más tiempo, porque el tiempo es un regalo que nos permite crecer, aprender, equivocarnos y disfrutar.
Así que, mientras esperas, recuerda que la esperanza es como una estrella que brilla incluso en la noche más oscura. No importa cuánto tarde en llegar lo que anhelas, lo importante es que sigas creyendo en ti y en la magia de lo que está por venir. La felicidad no es un lugar al que se llega, sino un estado del corazón que se cultiva día a día. Y tú, con tu luz interior, ya estás en el camino correcto.

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