Dicha y misterio
En el velo de mi existencia, me encuentro suspendido entre dos abismos, uno radiante, el otro insondable. La felicidad, efímera y engañosa, me acaricia con sus dedos de luz, prometiéndome un éxtasis que nunca llega a consumarse. Es como un espejismo en el desierto, un oasis que se desvanece al acercarse. Y, sin embargo, me aferro a ella, porque en su fugacidad encuentro un consuelo, una razón para seguir avansando. Pero, ¿qué es la felicidad sino una ilusión, un sueño que se deshace al despertar?
La curiosidad, en cambio, es un fuego que nunca se apaga. Me arastra hacia lo desconocido, hacia lo que yace más allá del velo de lo cotidiano. Es una llama que consume mi ser, que me impulsa a explorar los rincones más oscuros de mi mente y del mundo que me rodea. Cada pregunta sin respuesta es un desafío, cada misterio una invitación a adentrarme en lo prohibido. La curiosidad es mi compañera fiel, mi guía en este laberinto de sombras y luces. Pero, ¿qué me espera al final de este camino? ¿Será la revelación o la perdición?
Entre estos dos polos, mi alma oscila como un péndulo, incapaz de encontrar el equilibrio. La felicidad me tienta con su dulzura, pero la curiosidad me llama con su promesa de conocimiento. ¿Debo conformarme con la alegría superficial, o debo sumergirme en las profundidades de lo desconocido, arriesgándome a perderlo todo? Cada elección es un sacrificio, cada paso una renuncia. Y, sin embargo, no puedo evitar sentir que ambas son necesarias, que en su contradicción reside la esencia de mi ser.
Asi, me muevo entre la luz y la oscuridad, entre la dicha y el misterio. Cada día es una batalla, una danza en la que soy tanto el que baila como el espectador. Y, aunque no sé qué me depara el futuro, sé que seguiré avanzando, impulsado por la dualidad que define ni existencia. Porque, al final, ¿no es esta la verdadera naturaleza de la vida? Un eterno vaivén entre lo conocido y lo desconocido, entre la felicidad y la curiosidad, entre la luz y la sombra.

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