Alas para volar juntos
Si tuviera alas, no las usaría para perderme en el horizonte, lejos de todo y de todos. No, no sería esa ave solitaria que busca refugio en el viento. Me quedaría aquí, en este suelo que conozco, donde las raíces son profundas y los rostros tienen nombres. Porque volar no es solo una hazaña individual; es un acto de generosidad, una forma de recordarle al mundo que el cielo está al alcance de todos, no solo de unos pосоs.
Hay algo en la tierra que nos ata, algo que nos hace creer que volar es un sueño reservado para los valientes, los fuertes, los que nacieron con alas más grandes. Pero no es así. La capacidad de volar está en cada uno de nosotros. Las alas están en todos, aunque a veces se esconden bajo el peso de los días grises, de las dudas que nos llegan a los oídos. Si yo pudiera volar, no lo haría para demostrar que soy más alto, más libre, más fuerte. Lo haría para que otros vieran que ellos también pueden. Porque el cielo no es de quien lo alcanza primero, sino de quien lo comparte.
A veces pienso que el mundo está lleno de gente que ha olvidado cómo desplegar sus alas. Gente que camina con la cabeza baja, mirando el suelo, como si no hubiera nada más allá de las piedras y el polvo. Pero la capacidad de volar no se pierde, solo se olvida. Y si yo pudiera recordarles, si pudiera mostrarles que el cielo está ahí, esperando, tal vez ellos también sentirían el impulso de abrir sus alas para volar. No se trata de volar lejos, se trata de volar juntos. De extender la mano al que duda, de animar al que teme, de sostener al que cae. Porque nadie vuela solo; todos necesitamos alguien que nos enseñe a batir las alas.
Así que no, no me iría. Me quedaría aquí, en este lugar donde el cielo parece lejano pero está al alcance de un salto. Me quedaría para ayudar al niño que duda de sí mismo, al amigo que ha olvidado sus sueños, al desconocido que camina con la mirada perdida. Me quedaría para decirles que las alas no son un regalo, sino una responsabilidad. Que volar no es huir, sino encontrar. Y que el cielo, ese cielo infinito y azul, no es un destino, sino un camino. Un camino que se recorre mejor cuando se recorre con otros. Porque al final, las alas no sirven de nada si no las usas para ayudar a alguien más a despegar.

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