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El hombre caminaba. No había otra cosa que hacer. La tierra era vasta, desolada, y el horizonte se extendía infinito, como si el mundo mismo conspirara para recordarle que estaba solo. Pero él no se detenía. Sus pasos, firmes y constantes, marcaban el ritmo de un corazón que aún latía con fuerza, a pesar de los golpes que la vida le había dado. Cada mañana, al levantarse, lo hacía con una sonrisa en los labios, no porque la felicidad fuera algo fácil, sino porque sabía que, en algún lugar, se encontraba ella. Y eso era suficiente para seguir adelante.

No se engañaba con fantasías. Sabía que los sueños rara vez se cumplen como uno los imagina. Las mil formas en que podía encontrarla, las mil maneras en que sus caminos podrían cruzarse, eran solo eso: sueños. Pero había una certeza en su pecho, una verdad que no necesitaba palabras. Sabía que, al final, solo habría una forma, un momento, un instante en el que todo cobraría sentido. Y esa curiosidad, esa emoción por descubrir cómo sería, lo mantenía en pie. Lo hacía caminar, día tras día, con la esperanza de que, al doblar la siguiente esquina, ella estaría allí.

La vida lo había golpeado, sí. Lo había dejado marcado, con cicatrices que no se borrarían jamás. Pero también le había enseñado algo: que no importa cuánto duela, siempre hay algo por lo que vale la pena levantarse. Para él, ese algo era ella. No la conocía aún, pero la sentía en cada latido, en cada respiro. Era como si su corazón ya supiera lo que su mente aún ignoraba. Y así, con esa certeza inquebrantable, seguía adelante, sin importar el cansancio, sin importar la soledad.

Había algo hermoso en su obstinación, en su manera de abrazar la incertidumbre con una sonrisa. No era un hombre joven, ni ingenuo. Había visto demasiado para creer en cuentos de hadas. Pero aún creía en algo, en ese momento que lo cambiaría todo. Y mientras caminaba, bajo el sol o la lluvia, bajo el cielo despejado o las nubes grises, sabía que cada paso lo acercaba a ella. No sabía cómo sería, ni cuándo llegaría, pero eso no importaba. Lo único que importaba era seguir caminando. Hasta encontrarla en esa mirada.

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